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Banderas venezolanas de luto, superhéroes hollywoodenses amarillo azul y rojo, gorras negras con siete estrellas blancas, bolsas de zucaritas como estandarte, cascos “antirepresión” adidas, chapas de RCTV junto a otras de polar y cocacola. En fin, íconos de lo que siempre fue el más radical, clasista, pitiyanqui, ignorante y violento antichavismo de clase media. Eso son. Eso siempre han sido. Sólo que ahora son poquitos, muy poquitos. Lejos están de aquellas movilizaciones masivas en torno a Pdvsa Chuao con las que prepararon el golpe de Estado de 2002, o de los votos con los que ganaron la Asamblea Nacional en 2015 o, incluso, de la violencia con la que asediaron al país entre abril y julio de 2017.

Sin máscaras, con sus íconos a cuestas, decaídos, van apedir a la OEA y a la comunidad internacional una intervención extranjera y que se impida la continuidad de Maduro en el poder sea como sea. Eso también revela lo que son, lo que siempre han sido.

 

¿El discurso? Más vacuo imposible. Explica, en parte, la desesperanza, la ausencia de horizonte. Es también, a fin de cuentas, reciclado y desgastado. Fraude. Habrá fraude. Por eso no votes. Es todo lo que tiene para decir esa disminuida dirigencia. Eso, y una litúrgica convocatoria para el 20 de mayo: en lugar de votar vayan a una iglesia. Así entra en la escena, además, otro ícono derechista, que viene desgastándose desde el 11 de abril, más cercano y familiar al fascismo: la iglesia católica, con su cruz y su lujo y su dominación espiritual.

“Tenemos que ser la fuerza interna que genere y garantice las condiciones para que pueda darse una intervención humanitaria en Venezuela”, decía al micrófono uno de los dirigentes. “Necesitamos que vote la menor cantidad de gente posible para demostrar al mundo que el país entero rechaza las elecciones falsas montadas por Maduro y la dictadura”, decía otro. La escasa cantidad de gente que asistió a la convocatoria significa que, probablemente, esos requisitos que les piden desde el extranjero sus jefes no se cumplirán. Cualquier convocatoria de Maduro o Falcón o Bertucci en algún pequeño pueblo del país supera con creces esta mínima movilización de hoy ante la OEA. El domingo se demostrará. Aunque igual este sector no creerá en los resultados, sean cuales sean.

“En diciembre se me quemó el bombillo que tenía encendido al final del túnel”, dice una señora con rotundo desencanto. El peligro de ese desencanto y esa desesperanza radical no es que exista y que sea masivo. El peligro está en que es el caldo de cultivo para la aceptación y el convencimiento de que Venezuela necesita una intervención extranjera, una guerra, soportar una asfixia económica, lo que sea, con tal y se encienda alguna luz al final del túnel, aunque esa luz sea de bombas e incendios.

La movilización fue mínima y eso expresa que esa tendencia está fuera de sintonía con el país y con su gente. Por sus proporciones, la convocatoria no debería revestir de interés alguno para los medios. Pero eso sí había allí: cámatras, reporteros y reporteras, de montones de medios, que s eencargarán de inflarla, de darle el alcance y repercusión que no tuvo por sí sola. Aunque desconozcan al país que sí va a votar y que está convencido de que esa es la vía para superar el conflicto político venezolano. Eso no les importa. Sólo buscan complacer al jefe que paga todo y que dirije la estrategia intervencionista y de guerra: EEUU.

Allá ellos(as).

Nos vemos el domingo en los centros electorales, esperando para entrar a ejercer nuestro voto por la democracia, por la patria, por la revolución. Y por su puesto mañana, en el cierre de campaña.

Prensa Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora

 

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