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Aida y Alexis son expresión del pueblo campesino protagonista de esta historia de lucha: campesinos(as) que durante más de siete años han peleado en el estado Lara por rescatar del abandono y la ociosidad las tierras del predio La Cuchilla.

En una inmensa y productiva montaña, esta pareja con tres hijos, campesinos como sus padres, pretenden cambiar la maleza por comida: “Porque la maleza, ¿qué frutos da? Ninguno, en cambio tú siembras café, caraotas, maíz y beneficias a la gente, pero, ¿monte? ¿Quién se va a poner a comer monte?”, se pregunta Alexis, recordando los años en los que llegaron y limpiaron del terreno hectáreas de maleza para comenzar a sembrar.

Alexis vivía más arriba del predio, en la montaña a donde lo confinó el latifundio para quedarse con el valle, desde allí vio por años esas tierras enmontadas y el día que una pared de su casa cayó a la carretera decidió ir a La Cuchilla para “sembrar y salir de abajo”. Su más grande voluntad: que sus hijos no vivieran lo que él: “No es que uno va a ponerse rico porque va a sembrar aguacate, maíz, arroz, ¡no! Uno quiere es vivir bien y que los hijos no pasen por lo que uno ha pasado, uno busca la mejora, pa’ que el día que uno les falte ellos se sientan orgullosos y digan: mi papá se esforzó bastante pero siquiera nos dejó algo bueno, yo he llevado muy duro en la vida y yo no quiero que lo hijos míos vayan a pasar por lo mismo.”

Sus hijos de 17, 20 y 23 años también trabajan hoy en La Cuchilla, participaron de las largas jornadas que comenzaban amaneciendo y se alargaban hasta la noche durante semanas hasta que tuvieron limpio el terreno. Hoy estos jóvenes que encararon la lucha para producir en el campo siembran con sus familias en este predio. Ante la pregunta de la posibilidad de migrar a otros países como otros jóvenes, responden: No podemos buscar en otro sitios lo que está aquí, lo que podemos encontrar en nuestra propia tierra, tierras fértiles que podemos poner a dar frutos, no podemos dejar que se pierda en manos de un solo hombre, de una sola persona que no produce nada”.

Como ellos es parte de este rescate Robert Torrealba. Con sus primos y hermanos este joven encabezó también los primeros y duros años de lucha: “Estas eran tierras totalmente en abandono, totalmente perdidas, ociosas, y nosotros tomamos la iniciativa de empezar a limpiar y, bueno, para producir comida para el pueblo”. Comenzaron la fundación instalando los cambuches y en pocas semanas ya habían metido semillas. Únicamente con recursos propios y sin haber recibido apoyo aún por parte del Estado, ya tienen sembrado todo el terreno que ocupan, saben que es sembrando que saldrán victoriosos en la lucha por obtener la titularidad de las tierras.

Ha sido lento el proceso de adjudicación. Han llegado al terreno inspecciones, ingenieros del Inti caminan las parcelas para cerciorarse de que están productivas, pero “no nos han dado una respuesta concreta que nos favorezca”, relatan los campesinos. Cuentan que los supuestos dueños no tiene derecho sobre las tierras porque “ya el Estado les dio dinero por ellas, unos créditos que nunca pagaron, aun así se quedaron con una parte de la finca y no la producen, por eso nosotros la asumimos, la gente de acá de La Cuchilla”.

El terrateniente Héctor Rivero alega ser el dueño. “Nos amenaza a cada momento, a mis hijos me los ha amenazado de matármelos, de desaparecérmelos”, cuenta Aida Carebilla, la “alzaita” de la Cuchilla, como la llama el terrateniente haciendo referencia al carácter de esta mujer campesina que en cada episodio de confrontación con el latifundista y sus secuaces no ha dudado en responder con firmeza: Cuando llega yo soy la primerita que me paro en el portón, e incluso él dijo después que se llevó los compañeros detenidos, que golpearon al hijo mío que iba a mandar un grupo de policías femeninas allá porque hay varias alzaítas, para que las femeninas nos golpearan a nosotras”. Así se comporta un terrateniente, usan funcionarios de los cuerpos de seguridad como su fuerza de choque personal contra los campesinos.

Alexis cuenta que reiteradas veces lo han hecho: “Porque esos tienen mucho contacto con funcionarios. Apenas sabía que planificábamos algo llegaba con una comisión amedrentando a la gente, queriendo golpearlos y llevárselos detenidos. Ha llegado el CICPC, policía municipal, policía estadal, y eso no les compete, en cuestiones de rescate de tierras, al que le compete, tengo entendido yo, es la Guardia Nacional, que ésos llegan con una orden si el Inti o un tribunal la da”. Pero aquí no hay orden, lo que hay es mafias actuando, protegiendo los intereses del terrateniente y vulnerando los derechos de los campesinos: “Golpearon al hijo mío y se llevaron a unos compañeros detenidos, incluso todavía se están presentando sin haber cometido ningún delito”.

Y es que sembrar en tiempos de tanta dificultad económica no puede ser tratado como un delito. Los campesinos lo saben. Aún con sus vidas corriendo peligro tienen un plan: “Sembrar las tierras, más nada. Queremos darle comida al pueblo, a nuestro hijos, a nuestros nietos o al que necesite. Sembrar el maíz, caraota, quinchoncho, aguacates, plátano, yuca…”. Ésa es la expresión más digna de su lucha radical contra el latifundismo y las mafias terratenientes. Estos hombres y mujeres con su esfuerzo apuntalan el desarrollo productivo del país desde los territorios en lucha, porque como lo expresa Franklin Querales, militante de La Corriente que acompaña esta lucha: “En La Cuchilla se pretende lograr una victoria estratégica en el marco de la producción, con un nuevo modelo emanado desde lo campesino, con la gente empoderándose para dar al traste con la crisis económica”.

 

Prensa Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora

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