Seleccionar página

El domingo pasado se celebraron elecciones primarias en la República Argentina. Las mismas constituyeron un contundente triunfo popular, consumándose la derrota del candidato oficialista de Cambiemos,  aplastado por más de quince puntos porcentuales. Un resultado que ni las encuestas más optimistas se acercaban a vaticinar. El pueblo argentino se volcó masivamente a las urnas para propiciar un duro golpe a la fracción más reaccionaria del capital, vehículo del FMI, aliada de la justicia y los grandes medios de comunicación, cristalina enemiga de los y las trabajadoras. Quien capitalizó electoralmente la debacle del oficialismo en estas primarias fue la fórmula peronista que llevaba a Alberto Fernández como candidato a presidente y a Cristina Fernández de Kirchner como vice.

Un poco de historia

En el 2001 el neoliberalismo sufría en Argentina un durísimo golpe en el marco de una crisis social y económica de magnitud que sus propias políticas habían provocado. Las heroicas jornadas de diciembre, con un pueblo volcado masivamente a las calles como lo fue el Caracazo contra las medidas neoliberales, ponían en jaque al gobierno de Fernando de La Rúa que, asediado por la movilización popular, se veía obligado a huir en helicóptero de la Casa Rosada. Con aquella rebelión, el pueblo argentino hacía su aporte a la modificación de la correlación de fuerzas que haría lugar en todo el continente y que daría inicio al ciclo progresista nuestroamericano. Un ciclo que, con el Comandante Chávez a la cabeza, le diría NO al ALCA de Bush en 2005. En Argentina, importantes demandas del movimiento popular serían asumidas por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, recomponiéndose en ese camino la desvencijada institucionalidad burguesa que en 2001 había sido puesta en cuestión, resumida en la consigna “que se vallan todos, que no quede ni uno solo”. A diferencia de los procesos que más avanzaron en esos años (Venezuela o Bolivia), en la Argentina no se modificó  la Constitución neoliberal de 1994.

Esa reconstituida institucionalidad sería la que hacia 2015 permitiría el triunfo de Mauricio Macri y su coronación como presidente. Quienes se habían tenido que ir en helicóptero de la Casa Rosada, catorce años después volvían por la puerta grande. El gobierno derechista de Cambiemos tenía como propósito fundamental modificar la correlación de fuerzas lograda tras las jornadas de 2001, su objetivo era infligir una derrota duradera a los sectores populares, consolidando una reestructuración regresiva del capitalismo argentino, modificando el modelo de acumulación en detrimento del mercado interno, las pymes y el consumo popular, barriendo el “capitalismo humano” (como autodefinía Cristina a su gobierno), por un modelo abiertamente en contra de las mayorías.

Durante sus cuatro años de gestión, la política económica del macrismo produjo cientos de miles de despidos, cuatro millones de nuevos pobres, exorbitantes tarifazos, reducción del salario real, transferencia de ingresos hacia los ganadores del modelo (capital financiero, energéticas, grandes exportadores agrarios y mineros), hambre y miseria en el pueblo argentino. Así y todo, las reformas estructurales que se proponía implementar, no pudieron ser aplicadas. La movilización popular no lo permitió (expresivas fueron las multitudinarias luchas por la legalización del aborto y contra la reforma previsional). Ante dicho freno, los mercados comenzaron a desconfiar de la capacidad del macrismo para llevar adelante la tarea por la cual lo invistieron, la respuesta desordenada a ese desencanto fue lo que precipitó la corrida cambiaria, el bloqueo del financiamiento internacional y la consecuente recurrencia al FMI. En el mejor momento de Cambiemos, luego de haber ganado las elecciones de medio término en 2017, el movimiento popular en la calle encendía la mecha que lo terminó de dinamitar este domingo.

Vacío de poder y perspectivas

Por el régimen electoral argentino, la votación del domingo fue una gran encuesta que en sí misma no resuelve nada. Se trata de primarias obligatorias que sólo dirimen las internas partidarias, no se eligieron ni cargos ejecutivos ni legislativos, eso ocurrirá en las generales de octubre. Pero la contundencia de los resultados (47% para Alberto Fernández, 32% para Mauricio Macri), enterró las posibilidades del candidato oficialista, abriendo una situación por demás compleja. Un virtual período de transición, pero sin transición, pues aún no se ha votado un nuevo presidente ni un nuevo Congreso.

Esta paradoja genera un vacío de poder. El FMI jugó todas sus fichas a la reelección de Macri, prestándole 50.000 millones de dólares a un candidato y no al país. La derrota de su títere, expone fuertemente al organismo internacional. La deuda, a todas luces impagable, coloca a la Argentina al borde del default. Todo este conjunto de situaciones, desató una corrida cambiaria el lunes siguiente a las elecciones, que pulverizó el salario de las y los trabajadores argentinos. Este ataque a los sectores populares tiene fines extorsivos de cara a los próximos comicios definitivos de octubre.

La situación se encuentra en tensión y abierta. El triunfo popular del pasado domingo se define independientemente del gobierno que reemplazará al de Mauricio Macri. Alberto Fernández es un peronista moderado de buena relación con la embajada de Estados Unidos, que ha renegado de las políticas más progresistas de Cristina, tal como advirtió Diosdado Cabello en estos días.

La contundente derrota del macrismo en las primarias constituye un golpe a la derecha continental y los intereses de Estados Unidos en la región. Pero la misma sólo podrá ser consumada con la movilización popular. Esa movilización que originó la victoria, la misma que puede ensancharla.

Matías Pacheco, Federico Simonetti.

 

Pin It on Pinterest

Share This