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El día de ayer las redes sociales fueron saturadas con la denuncia de una presunta red de explotación infantil. Belankazar, una academia y agencia de modelaje.

Esta agencia, que se autodescribe como especialistas en la formación de modelos profesionales, es acusada de vender material de las sesiones de fotos de sus estudiantes, mayores y menores de edad, por unas cifras que van desde 20$ mensuales hasta 200$ anuales a distintos suscriptores y páginas pornográficas, ésto sin conocimiento de las modelos ni de los padres de las mismas.

La agencia de modelaje, con sedes en Sabana Grande y Boleíta ofrece el servicio de clases de modelaje profesional a niñas a partir de los cinco años. Al entrar en sus diversas redes se pueden observar fotos de niñas y mujeres jóvenes, no cuesta mucho encontrar fotos de niñas, menores de 12 años posando en trajes de baños no acordes a su edad, lencería, usando tacones altos, maquilladas, con extensiones de cabello y uñas postizas, una producción que no se distingue en nada a la realizada para elaborar un producto estético de una mujer adulta. Según la denuncia inicialmente realizada por un «influencer», que ahora está siendo investigada por la Dirección de
Protección Integral a la Familia del CICPC y por la cual fueron retenidos anoche tres de los directivos, la agencia está vendiendo material gráfico y audiovisual «exclusivo» de las mujeres y niñas desde su página web y a páginas web relacionadas con la industria porno y grupos de pedofilia a través de una suscripción en divisas y criptomonedas (lo que permite el total anonimato del suscriptor). Ejemplos de estas prácticas se pueden observar por capturas de pantallas que se encuentran con el numeral #belankazar en la red social twitter.

Ante la denuncia, el repudio de la sociedad venezolana ha sido contundente, el reclamo de justicia unánime, al igual que el cuestionamiento a los padres por no haberse dado cuenta de la situación a pesar de la evidente carga sexual de las fotos. Los usuarios cuestionaron como una madre, y en menor medida un padre, permite que su hija pequeña pose semi desnuda y con poses sexualizadas sin dimensionar lo sospechoso de la situación. Estas críticas hacia las madres y no en la misma medida hacia los padres, es un síntoma de cómo opera el patriarcado incluso a la hora de culpabilizar. Deslindando responsabilidades, o en el mejor de los casos, igualando responsabilidades en la comparación de una madre con un proxeneta.

Para entender como pasa ésto es necesario contextualizar el entramado cultural en el que estamos viviendo. Como sociedad capitalista estamos cada vez más expuestos a contenidos sexuales en la televisión, las redes sociales, la radio; la sexualización de los contenidos publicitarios y de entretenimiento es cada vez más extrema, un ejemplo es que, en algunos casos mientras los padres/madres trabajan o realizan labores domésticas los niños son entretenidos con la televisión o el internet, a veces con canales musicales que ofrecen en su pantallas piezas de reguetón o trap, cuyas letras apuntan abiertamente a contenidos sexuales y, cuyos videos, están a una delgada línea del soft porno o porno suave. Este proceso de exposición constante a la cultura comercial del sexo opera en la psiquis de los adultos que hemos normalizado ver mujeres (mayormente) semi desnudas en espacios de entretenimiento que deberían de ser aptos para todo público y opera en los niños quienes, al estar en una etapa del desarrollo -donde parte elemental del aprendizaje es la imitación-, empiezan a repetir las canciones, movimientos, formas de baile que ven en las pantallas y que luego, al ser imitadas frente a adultos son aplaudidas por considerarlas «graciosas». Los niños imitan conductas sexualizadas, los padres y adultos del entorno las normalizan y validan.

Aunado a la hiper sexualización está la histórica cosificación de la mujer a través de concursos de belleza, que refuerzan la idea instaurada en la sociedad patriarcal de que la mujer es un objeto, en este caso de entretenimiento, al servicio de las demandas masculinas, mujeres objeto que tienen que cumplir con un conjunto de medidas, estándares y requerimientos que le permitan ser considerada «bella» y alcanzar la tan ansiada aprobación. Quienes defienden los concursos de belleza, entre otras cosas, argumentan que las participantes que están allí lo hacen por voluntad propia, sin embargo, si desde que una niña tiene uso de razón, como actividad familiar la ponen a observar concursos de belleza, y vez a los miembros de su microsistema (entorno inmediato, la familia) admiran a esas hermosas mujeres el mensaje subyacente es que, para ser querida, esa niña tiene que ser bella como una «Miss». Es pertinente añadir a ésta contextualización de cómo opera la presión social en la demanda de «ser bella» (bella bajo ciertas medidas y estereotipos). Recordemos las denuncias de prostitución, trata de mujeres y presión para la realización de actos sexuales a cambio de patrocinios a los que se asoció el concurso de belleza insine de Venezuela en 2018 y que llevó a la renuncia de Ismel Sousa. Creemos normal el uso del cuerpo femenino como un objeto que puede ser comercializado.

A la naturalización de la hipersexualización de la infancia y de la cosificación de la mujer hay que añadir la poca información que existente acerca de la industria de la pornografía, un negocio tan lucrativo como el tráfico de droga y de uso generalizado que, a pesar de esto último, no deja de ser un tema tubú en la sociedad venezolana. El uso, énfasis en uso, de la mujer en la industria de la pornografía, tan naturalizado como los dos ìtems que apertura éste párrafo, esconde dolorosas
tramas de violencia de género, expresadas en lo físico, lo psicológico y lo patrimonial; mientras la mujer expone su cuerpo al dolor, enfermedades y humillaciones, son los productores lo que se llevan las ganancias, un ejemplo de ésto lo encontramos en Mìa Khalifa, ésta conocida exponente de la industria pornoráfica habló para la cadena BBC News y reportó una ganancia neta de 12.000$ a pesar de que se estima que las productoras para las que trabajó siguen reportando entradas millonarias gracias al uso de sus videos.

Si como adutos estamos todo el tiempo bombardeados de productos publicitarios y de entretenimiento hiper sexualizados y esos productos rodean los espacios domésticos donde crecen nuestros niños y niñas al punto de normalizar la hiper sexualización infantil, si naturalizamos que la mujer DEBE ser bella, y bella bajo estándares bien cerrados y precisos y vemos normal que ésa belleza sea la llave para acceder a ciertos espacios del entretenimiento, si, además, desconocemos como operan las industrias de la pornografía y la prostitución ¿quiénes se benefician? ¿cómo funciona? ¿quiénes las manejan? ¿que pueden hacer padres y madres para prevenir estos hechos?

Si todo ésto se combina, tenemos el coctel perfecto para que unas niñas sean victimas de explotación sexual infantil bajo la mirada de sus padres y madres y éstos, no lo noten. Apuntar nuestras críticas hacia los verdaderos culpables de tan lamentable situación es la primera necesidad en casos como el que se acaba de hacer público. Debatir sobre responsabilidades individuales en tanto madres o padres, y no así en el entramado cultural, es desviar los posibles mecanismos de superación de un sistema totalmente deshumanizado, como lo es el patriarcado.

Carolina Cruz y Matías Pacheco

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