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El primer Día Internacional de las Mujeres Rurales se celebró hace ya 11 años. Fue establecido por la Asamblea General de la ONU el 18 de diciembre de 2007, para reconocer la contribución de la mujer rural en la promoción del desarrollo agrícola, la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza en sus espacios de desarrollo.

Las mujeres rurales representan más de un tercio de la población rural mundial y el 43% de la mano de obra en el campo, según la Organización de Naciones Unidas. Las campesinas son garantes de alimentos para sus familias y comunidades, motorizan las economías locales y generalmente lo hacen a través de metodologías amigables con el ambiente, por lo que contribuyen a la preservación del clima y la biodiversidad.

A pesar de que la labor de la mujer campesina es fundamental para el desarrollo productivo y social, son cientos de desventajas las que éstas sufren con respecto a las mujeres urbanas y a sus pares campesinos.

Según la ONUMujeres, el trabajo agrario es una de las principales fuentes de empleo de las mujeres que viven en zonas rurales de países en vía de desarrollo, éstos generalmente son empleos informales, por cuenta propia y con poco, o ningún acceso a servicios de seguridad social. Como es de imaginarse, la salud es uno de los derechos más vulnerados de las mujeres campesinas, quienes tienen 38% más de posibilidades de dar a luz sin asistencia médica, solo por poner un ejemplo. En cuanto al acceso a la educación, a nivel mundial “más de la mitad de todas mujeres rurales pobres no tienen las competencias de alfabetización básicas”.

En América Latina y el Caribe, para 2015 la población rural representaba el 21% de la población total, de esto, la mitad son mujeres, compañeras campesinas que no sólo tienen que lidiar con las mismas desigualdades de género que experimentan las mujeres urbanas, sino que, en algunos casos, tienen que enfrentar altos niveles de pobreza, violencia y desplazamiento causado por grupos irregulares, gobiernos antipopulares y grandes corporaciones en su sed de apropiación de las mejores tierras.

La lucha por la tierra es una de las grandes dificultades a las que se enfrentan los y las campesinos/as en general. Sin embargo, esta realidad afecta en mayor medida a las mujeres. Según cifras de la ONG Oxfam, de los 58 millones de mujeres que viven en el campo en Latinoamérica solamente el 30% de ellas son dueñas de sus tierras, lo cual es un número preocupante en sí mismo, pero “alentador” si se compara con el promedio mundial de tenencia de las tierras agrícolas: según datos de 104 países, menos del 13% de las tierras agrícolas pertenecen a mujeres.

En Venezuela, con la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario aprobada en el año 2002, se comenzó un proceso de lucha por redistribución de la tierra que ha permitido cierta democratización del campo venezolano. Dentro de ésta lucha han sido y son muchas las mujeres que han estado a la vanguardia de los rescates de tierra y de la posterior organización para la producción de predios, sin embargo es poco lo que conocemos de la realidad concreta de las mujeres campesinas. Las encontramos en los rescates a lo largo y ancho del país, muchas veces solas con sus hijos e hijas, produciendo con pocos insumos, levantado con gran sacrificios cambuches donde puedan ver crecer a sus hijos, hijas, nietos y nietas.

La mujer campesina venezolana es vanguardia de la lucha por una distribución más justa de las tierras que nos arrebataron hace décadas, son garantes de alimentos para sus familias, sus comunidades y para las grandes ciudades que siguen en resistencia, son impulsoras y guardianas de la tan urgente recuperación productiva del campo. Falta mucho por hacer todavía para el logro pleno de sus derechos. Sigamos batallando por esa causa.

 

Carolina Cruz.

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